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INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

Confieso que el tema de la inteligencia artificial, como dicen los jóvenes, me “hace ruido”. Fue prevista hace muchas décadas y no nos sorprende a los que nos dedicamos a la ciencia porque lo que se denomina ciencia ficción es, en general, ciencia de anticipación, que es lo que hacemos los que nos dedicamos profesionalmente a la investigación y el desarrollo. Por otro lado, los buscadores de la web y los respondedores automáticos de correos electrónicos ya la usan hace mucho.

Al principio dudé del nombre ampuloso -prefería inteligencia automática-, pero lo dejo como está; está bien llamada, porque hay una inteligencia natural, la nuestra, y porque la diferencia es tan grande como la que existe entre una rosa natural y una rosa artificial, a la que nunca preferiremos a la primera, aunque tenga el mismo aroma.

¿Qué le falta a la inteligencia artificial que tiene la inteligencia natural hasta este momento? Al menos dos cosas: la automotivación y el sentimiento.

Inteligencia y necesidad

Comencemos por lo primero: usamos nuestra inteligencia porque tenemos una necesidad, no tiene por qué ser material ni económica; hay un “querer saber” puro (necesidad espiritual) y un querer saber “para algo” (necesidad material). La inteligencia artificial puede satisfacer muy bien ambos fines, pero quienes no son “resultadistas” siempre tendrán la alternativa de preguntarse un nuevo “por qué”, hasta poner a prueba la inteligencia de la máquina.

Pongámoslo de otra manera: una persona que se entretiene haciendo crucigramas podrá, con inteligencia artificial, resolverlos en pocos segundos; pero de esa resolución a la persona le quedará la satisfacción poco honrosa de que solo hizo de mediador entre la grilla y la máquina.

En verdad, aprendió cosas nuevas y las disfrutará recién cuando no tenga necesidad del programa de inteligencia artificial para dar la respuesta: la persona aprendió de la máquina como podría haber aprendido de un libro, aunque con menos esfuerzo. Ningún jugador de ajedrez juega desde hace mucho con las computadoras porque irremediablemente perderá porque la máquina ya es invencible, excepto frente a otra máquina.

Estas competencias entre computadoras pueden derivar en un interesante entretenimiento para programadores y para juegos de apuestas, aunque sospecho que en poco tiempo las partidas terminarán en aburridísimos empates

Mi inteligencia es mía

Aquí se plantea un problema interesante: ¿qué hacemos con el conocimiento original y propio? Particularmente, mi posición es la que sostengo desde que aparecieron las fuentes de conocimiento “libre”. Siempre consideré que era material con el que se cargarían de datos máquinas que serían cada vez más “inteligentes”; máquinas a las que luego las usarían sus dueños u otras personas para lucrar. En la web nada es gratis y lo que parece gratis es para monetizarlo de otra manera.

Hay infinidad de actividades aparentemente gratuitas que en realidad se pagan con creces de diversas formas; las más ambiciosas pertenecen al mundo específico de la ciencia y la tecnología, y hablaremos de ellas en otro momento.

Por lo pronto, nunca puse información o conocimiento personal en esas fuentes, nunca corregí sus errores y nunca escribí nada que no llevara mi firma. Mi inteligencia es limitada, es humilde y escasa, pero es mía y está al servicio de mi familia, mis estudiantes, mis discípulos, mis colaboradores y mi país. Ellos harán luego con sus propios conocimientos lo que quieran o lo que puedan.

Inteligencia artificial aquí, ahora y mañana

Volviendo a la actualidad, la experiencia del uso de la inteligencia artificial al alcance del público hasta el momento es pobre: no responde preguntas de nivel medio universitario de disciplinas como química y física (son las que nos interesa a mis colegas y a mí). La inteligencia artificial es astuta: ante su ignorancia pide que se le enseñe; yo no lo hago, por lo que dije más arriba.

Además, como profesor y humano, le enseño a personas que sienten y se emocionan ante la observación detallada de la naturaleza. En la Argentina, hay empresas de servicios que se jactan de que estamos siendo atendidos por un emulador de voz con inteligencia artificial; esas máquinas parlanchinas apenas entienden tres instrucciones y solo responden con eficiencia a dos palabras: saldo y deuda. Por ahora, solo consiguen enojarnos y que pierdan sus empleos personas de carne y hueso.

Naturalmente, hay ámbitos donde la capacidad de la inteligencia artificial está más desarrollada y la posibilidad de que ella interaccione ampliamente con cada uno de nosotros en la vida cotidiana podrá -como con otras situaciones que involucran a los sistemas informáticos – restringir nuestra libertad.

De hecho, ya muchos se han ido acostumbrando a ello y lo están aceptando sin mucha crítica: ¿qué derecho hay para que luego de una conversación con amigos debamos ser bombardeados por publicidad referida al tema? ¿por qué un robot “lee” mis mails y me propone respuestas?, ¿por qué las cámaras de la PC pueden “observarnos” sin nuestra autorización?

Es imperativo un debate ético al respecto; más aún, considero que muchas de estas nuevas tecnologías deberían discutirse éticamente antes de emplearse públicamente.

Inteligencia poética

Por otro lado, una máquina tal vez pueda escribir, como el poeta, estos versos:

                                                   “Creo en el alba oír un atareado
                                                   rumor de multitudes que se alejan:
                                                   son lo que me han querido y olvidado;
                                                   espacio y tiempo y Borges ya me dejan”.

La máquina podrá hacernos vibrar con ellos, pero ella misma no podrá vibrar ni al “leerlos” ni al “escribirlos”. Peor aún: podrá simular que vibra, podrá imitar emocionarse, pero ni vibrará ni se emocionará desde lo más profundo de su alma, sencillamente porque no la tiene; el “alma artificial” no existe ni existirá, pero podrá imitarse.

Y entraremos así en un mundo de falsedades en el que, lamento decirlo, lentamente ya vamos incursionando desde, aproximadamente, finales de la segunda década del siglo XX.

Colofón trascendente

Todo este tema me ha sugerido algo que les presto a mis amigos filósofos como principio de demostración de un problema clave. Muchos piensan desde hace décadas que la Torre de Babel sigue en construcción. Coincido cada vez más con ellos: es una interesante interpretación para discutir en un foro académico o con amigos, buen vino y buenos quesos mediante.

El hombre[1] ha desarrollado desde sus inicios su capacidad de creador, primero tomando como referencia a un Ser superior, puro acto y pura bondad; luego, desde el siglo XIX, intentando reemplazarlo por su propia capacidad de comprender al mundo, de dominar a la naturaleza y hasta de llegar a manipular la vida aún en contra de las leyes naturales.

Nuestra imperfecta inteligencia pudo, a través de los milenios, perfeccionarse hasta ser capaz de crear a su vez, hoy en día, una inteligencia que, entre otras cosas, puede aprender por sí misma. No sabemos si esta nueva inteligencia adquirirá pronto la capacidad de imaginarnos, concebirnos o aceptarnos como sus creadores.

En todo caso, quizás, esa duda o esa imposibilidad provenga de nuestras propias limitaciones. Si todo esto puede crearlo el hombre, con sus miserias y limitaciones, él mismo pudo haber sido creado por una inteligencia aún superior, que no posea nuestras miserias ni nuestras limitaciones.  

Y esa inteligencia superior pudo, además, proporcionarnos la libertad de obrar según nuestra propia conciencia y hacer un mundo cada vez mejor o cada vez peor, según nuestro albedrío. El hombre demuestra con su inteligencia y con su obra que una obra y una Inteligencia superior son posibles. A pesar de los incrédulos, Dios existe.

[1] Primera acepción del Diccionario de la Lengua Española: Ser animado racional, varón o mujer.

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