Noticias Ambientales
EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2):
La responsabilidad social de las empresas
Por Héctor José Fasoli
Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.
En la primera parte de esta reflexión[1], exploramos cómo el consumo responsable no es solo una moda pasajera para consumidores iluminados, sino un imperativo que exige rediseñar cadenas de suministro, abrazar principios de economía circular (o más bien, espiralada, dada la inevitable degradación) y combatir el sobreconsumo con transparencia y regulaciones. Ahora, en esta segunda entrega, nos adentramos en el terreno pantanoso de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE). Pero lo haremos con un matiz algo más punzante: porque si hubo que inventar un término como “RSE” para recordarle a las empresas que deben comportarse como parte de una sociedad mayor, es señal de que algo importante se ha desajustado en el modo en que entendemos la economía.
Vamos a desentrañar por qué la esencia de toda empresa es inherentemente social, por qué la mera mención de RSE revela una ausencia crónica, y por qué el bien común de la sociedad siempre debe primar sobre el lucro de unos pocos, sin que eso suene a utopía ingenua. Pondremos así nuestra mirada en un horizonte más ambicioso: la economía regenerativa.
Toda empresa es, por definición, una organización social
Los seres humanos nos organizamos en sociedad para cooperar, satisfacer necesidades personales, interpersonales y comunes y para avanzar juntos a un futuro mejor. Las empresas surgen de esa misma dinámica colectiva: son creadas por personas para servir a otras personas, generar empleo digno, proveer bienes y servicios útiles y fortalecer el conjunto social: no hay empresa fuerte sin tejido social fuerte.
Ninguna compañía opera aislada. Depende de infraestructuras públicas (carreteras, educación, salud), de un marco legal y de estabilidad social. Su existencia y crecimiento están intrínsecamente ligados al bien común. Por eso, el propósito social no debería ser un “extra” opcional, sino el fundamento de toda actividad empresarial. Cuando esto se olvida y se prioriza solo el beneficio a corto plazo, surgen desequilibrios que la sociedad termina pagando.
Hablar de RSE revela que no siempre ha sido una prioridad natural
El término “Responsabilidad Social Empresaria” surgió precisamente porque muchas firmas históricamente no integraban de manera automática las consecuencias sociales y ambientales de sus decisiones. Si la responsabilidad social fuera inherente al buen hacer empresarial, no necesitaríamos departamentos específicos, certificaciones, memorias de sostenibilidad ni campañas de comunicación al respecto (lo que suele revelar más carencias que virtudes).
En la práctica, hemos visto de todo: desde externalización de costos (contaminación, precariedad laboral, desigualdad) hasta acciones filantrópicas que sirven más para lavado de imagen que de cambio estructural. La RSE genuina va más allá de donaciones o proyectos aislados: implica revisar el modelo de negocio entero, internalizar costos reales (ambientales, sociales, laborales) y alinear las decisiones estratégicas con el bienestar colectivo. Gobiernos, reguladores y consumidores debemos exigir que deje de ser voluntaria y cosmética para convertirse en un criterio estructural. Debería desaparecer la Responsabilidad Social Empresaria, así, con mayúscula, como estructura organizacional, para dar lugar a la responsabilidad social empresaria, con minúsculas, como práctica moral de las empresas (es decir, más concretamente, de las personas que hacen las empresas).
El bien común siempre prevalece sobre el interés particular de la empresa
Así como en una sociedad sana el interés general supera al individual, el bienestar de la sociedad en su conjunto debe estar por encima de los intereses de cualquier organización privada. El objetivo legítimo de una empresa (generar valor económico, innovar, crecer) es subordinado al objetivo mayor: sostenibilidad colectiva, equidad y capacidad de las futuras generaciones para vivir dignamente.
Ningún objetivo legítimo puede ser a cualquier precio para los demás. No se puede justificar comprometer recursos compartidos (agua, suelo, clima, cohesión social) solo para maximizar retornos a un grupo reducido. Una RSE auténtica pasa por pagar impuestos justos, respetar derechos en toda la cadena de valor, diseñar productos duraderos y reducir la huella ambiental de forma medible y verificable. Cuando un modelo de negocio solo prospera generando daños desproporcionados al ambiente, la sociedad o las personas hay que replantearlo, no maquillarlo.
Hacia la economía regenerativa: más allá de “no hacer daño”
La RSE tradicional busca minimizar impactos negativos (sostenibilidad). Pero cada vez más voces proponen ir un paso más allá: la economía regenerativa. Este enfoque no se contenta con “hacer menos mal”; aspira a restaurar y mejorar los sistemas vivos de los que dependemos. Es lo mínimo que se pretende de cada individuo, ¿por qué no exigirlo de la sociedad y por qué no de aquellas empresas que lucran con aquellos?
En sencillo: la naturaleza no solo se mantiene, se regenera continuamente (un bosque quemado puede volver a crecer más fuerte si se le ayuda). La economía regenerativa imita eso: busca que la actividad humana repare daños pasados (restaurar suelos degradados, capturar más carbono del que se emite, revitalizar comunidades), genere valor social y ecológico positivo neto y cree resiliencia a largo plazo. No es utopía: implica prácticas como agricultura regenerativa (que mejora el suelo en vez de agotarlo), energías renovables con impacto local positivo, cadenas de suministro que fortalecen territorios en lugar de extraerlos, y modelos de negocio que miden éxito no solo por ganancias, sino por salud de ecosistemas y personas.
Es un cambio de paradigma: de extractivo-lineal a circular (espiralado) → regenerativo. Y muchas empresas ya dan pasos en esa dirección, aunque el camino es largo.
Ejemplos de RSE auténtica, incluso antes de que existiera el término
Afortunadamente, hay empresarios y empresas que entendieron esto mucho antes de que se inventaran las siglas RSE. Un caso emblemático es el argentino Enrique Shaw (1921-1962), recientemente beatificado por la Iglesia Católica en diciembre de 2025 (el primer empresario moderno en recibir este reconocimiento). Dirigente de Cristalerías Rigolleau y presidente de Pinamar S.A., Shaw aplicó en su actividad la Doctrina Social de la Iglesia: conocía por nombre a sus trabajadores, priorizaba condiciones dignas de trabajo y se opuso a despidos masivos cuando la empresa fue vendida a capital extranjero. Su vida personal y empresarial demuestra que la responsabilidad social puede ser vivida como vocación, no como moda. Lamentablemente, la falta de vocaciones en todos los ámbitos de la vida social, escasean.
Este solo caso y los pocos casos como este muestran que la RSE auténtica no es nueva: siempre hubo empresarios que entendieron la empresa como comunidad al servicio del bien común.
Como nunca vivimos tiempos en que “la firma”, “la marca”, “la franquicia”, es decir, una entidad impersonal está por encima de las personas. La despersonalización del individuo es un signo de los tiempos y trasciende cualquier frontera ideológica, que cada vez se desdibuja más en cuanto a la concepción materialista del mundo.
Colofón levemente utópico
La Responsabilidad Social Empresaria no debería ser un departamento paralelo, sino el alma de toda decisión estratégica. Y el horizonte regenerativo nos invita a soñar más grande: no solo sobrevivir, sino restaurar y prosperar en armonía con el planeta y las personas.
Empresas, gobiernos y consumidores tenemos que trabajar juntos para que esto pase de ser la excepción a la norma. Porque un consumo responsable real solo será posible cuando las compañías lo sean también, de corazón y no solo de imagen. Eso comenzará a ocurrir cuando la Responsabilidad Social Empresaria deje las mayúsculas de la puerta de una gerencia por la más humilde responsabilidad social empresaria, con minúscula, del corazón de ocasionales directivos.
[1] https://www.socialysolidaria.com/index.php/el-lado-b-del-consumo-responsable-parte-1/
Mira también:

EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2)
Noticias Ambientales EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2): La responsabilidad social de las empresas Por Héctor José Fasoli Doctor en Química, docente e

EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 1)
Noticias Ambientales EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 1): LAS INCUMBENCIAS DE EMPRESAS Y GOBIERNOS Por Héctor José Fasoli Doctor en Química, docente e
En septiembre de 2015, los 193 Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas firmaron un plan de acción global denominado Agenda 2030. El propósito de este Plan es promover un desarrollo sostenible, atendiendo a las problemáticas más acuciantes a nivel global en la actualidad. En este y los siguientes artículos, abordaremos muchas de esas temáticas, analizando los logros alcanzados hasta el momento y dando nuestra propia perspectiva sobre lo que se han denominado Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
La Agenda 2030 estableció diecisiete objetivos para atender las situaciones que se consideran apremiantes en el siglo XXI. Nosotros los categorizamos de manera algo arbitraria en objetivos individuales, sociales y globales. La elección de los grupos la hicimos atendiendo al impacto directo sobre la persona, su sociedad y el “hogar común”: nuestro planeta. Cabe mencionar que algunos objetivos podrían estar incluidos en más de un grupo debido a su profunda interrelación. (entre paréntesis escribimos los números asignados por la ONU):

Comunicar es un arte que se estudia y que se perfecciona. La primera regla es conocer el tema del que se habla. Para hablar de ambiente habría que tener conocimientos básicos de química, física, biología y matemática. Conocimientos no superiores a los que todo estudiante debería adquirir en un buen colegio secundario, nivel en el que, además, debería haber disciplinas multidisciplinarias que, entre otras, traten la temática ambiental. Con esta base común, cualquier comunicador preparado en la especialidad podría entenderse con su público y ponerlo al tanto de novedades de la actualidad ambiental. Que el comunicador tenga conocimientos por encima del estándar tiene una ventaja adicional: el receptor de la noticia se informa bien y aprende, o sea, después de leerla o escucharla sabe sobre el tema más que al principio.
El punto es que cualquier persona interesada en la problemática ambiental -o cualquier otra temática- debería ser capaz de entender por su propia cuenta y para eso hay que manejar un conocimiento mínimo. La tan mentada decadencia del sistema educativo es una consecuencia de esto: cuanto menos sepa la mayoría, más sabios parecerán los mediocres o, visto de otra manera, con menos esfuerzo podrán sobresalir frente a una mayoría cada vez más empobrecida en conocimientos y en su economía. Mi consejo para el lector de esta columna es sencillo, aunque requiere método y algún esfuerzo; si le interesa un tema ambiental siga estos pasos:
Comencemos por lo primero: usamos nuestra inteligencia porque tenemos una necesidad, no tiene por qué ser material ni económica; hay un “querer saber” puro (necesidad espiritual) y un querer saber “para algo” (necesidad material). La inteligencia artificial puede satisfacer muy bien ambos fines, pero quienes no son “resultadistas” siempre tendrán la alternativa de preguntarse un nuevo “por qué”, hasta poner a prueba la inteligencia de la máquina.
Volvamos, entonces, a Ortega; su discípulo Julián Marías hace algunas precisiones. En la frase del principio se dice dos veces YO; el segundo YO, el que tiene condición de atributo, es algo así como una noción abstracta, tal vez más relacionada con la naturaleza de nuestra humanidad que con UNO mismo. Ese segundo YO no tiene sentido si no va acompañado por MI circunstancia, ese conjunto de eventos y realidades que nunca nos son ajenas y que nos influyen a CADA UNO de manera diferente. Ese segundo YO y la circunstancia son lo que construyen al auténtico YO de cada uno, ese que nos hace únicos, irrepetibles y necesarios.
Cada capa de la cebolla influye sobre las interiores y las exteriores a ella y todas influyen sobre mí. Esas capas son el ambiente que, de una u otra manera construimos con diferentes grados de responsabilidad cada uno de nosotros. Pero ¡cuidado! Nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que pensamos, porque las democracias nos permiten elegir y, así como cada voto cuenta (matemáticamente) para que un candidato gane, también cuenta (vale) a la hora de que el gobernante actúe. ¿Estoy diciendo que un voto de un ciudadano en otro país vale para mí? ¡Sí!, eso digo. Y no se trata de ideologías afines, se trata de algo mucho más serio: de que el bien triunfe sobre el mal. Porque en este mundo interconectado y confusamente relativista hay cosas que están bien y cosas que están mal. Más aún: hay muchas maneras de hacer bien las cosas, pero unas maneras son mejores que otras.