Social y Solidaria

03 marzo 2026
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EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2)

Noticias Ambientales

EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2):

La responsabilidad social de las empresas

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

En la primera parte de esta reflexión[1], exploramos cómo el consumo responsable no es solo una moda pasajera para consumidores iluminados, sino un imperativo que exige rediseñar cadenas de suministro, abrazar principios de economía circular (o más bien, espiralada, dada la inevitable degradación) y combatir el sobreconsumo con transparencia y regulaciones. Ahora, en esta segunda entrega, nos adentramos en el terreno pantanoso de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE). Pero lo haremos con un matiz algo más punzante: porque si hubo que inventar un término como “RSE” para recordarle a las empresas que deben comportarse como parte de una sociedad mayor, es señal de que algo importante se ha desajustado en el modo en que entendemos la economía.

Vamos a desentrañar por qué la esencia de toda empresa es inherentemente social, por qué la mera mención de RSE revela una ausencia crónica, y por qué el bien común de la sociedad siempre debe primar sobre el lucro de unos pocos, sin que eso suene a utopía ingenua. Pondremos así nuestra mirada en un horizonte más ambicioso: la economía regenerativa.

Toda empresa es, por definición, una organización social

Los seres humanos nos organizamos en sociedad para cooperar, satisfacer necesidades personales, interpersonales y comunes y para avanzar juntos a un futuro mejor. Las empresas surgen de esa misma dinámica colectiva: son creadas por personas para servir a otras personas, generar empleo digno, proveer bienes y servicios útiles y fortalecer el conjunto social: no hay empresa fuerte sin tejido social fuerte.

Ninguna compañía opera aislada. Depende de infraestructuras públicas (carreteras, educación, salud), de un marco legal y de estabilidad social. Su existencia y crecimiento están intrínsecamente ligados al bien común. Por eso, el propósito social no debería ser un “extra” opcional, sino el fundamento de toda actividad empresarial. Cuando esto se olvida y se prioriza solo el beneficio a corto plazo, surgen desequilibrios que la sociedad termina pagando.

Hablar de RSE revela que no siempre ha sido una prioridad natural

El término “Responsabilidad Social Empresaria” surgió precisamente porque muchas firmas históricamente no integraban de manera automática las consecuencias sociales y ambientales de sus decisiones. Si la responsabilidad social fuera inherente al buen hacer empresarial, no necesitaríamos departamentos específicos, certificaciones, memorias de sostenibilidad ni campañas de comunicación al respecto (lo que suele revelar más carencias que virtudes).

En la práctica, hemos visto de todo: desde externalización de costos (contaminación, precariedad laboral, desigualdad) hasta acciones filantrópicas que sirven más para lavado de imagen que de cambio estructural. La RSE genuina va más allá de donaciones o proyectos aislados: implica revisar el modelo de negocio entero, internalizar costos reales (ambientales, sociales, laborales) y alinear las decisiones estratégicas con el bienestar colectivo. Gobiernos, reguladores y consumidores debemos exigir que deje de ser voluntaria y cosmética para convertirse en un criterio estructural. Debería desaparecer la Responsabilidad Social Empresaria, así, con mayúscula, como estructura organizacional, para dar lugar a la responsabilidad social empresaria, con minúsculas, como práctica moral de las empresas (es decir, más concretamente, de las personas que hacen las empresas).

El bien común siempre prevalece sobre el interés particular de la empresa

Así como en una sociedad sana el interés general supera al individual, el bienestar de la sociedad en su conjunto debe estar por encima de los intereses de cualquier organización privada. El objetivo legítimo de una empresa (generar valor económico, innovar, crecer) es subordinado al objetivo mayor: sostenibilidad colectiva, equidad y capacidad de las futuras generaciones para vivir dignamente.

Ningún objetivo legítimo puede ser a cualquier precio para los demás. No se puede justificar comprometer recursos compartidos (agua, suelo, clima, cohesión social) solo para maximizar retornos a un grupo reducido. Una RSE auténtica pasa por pagar impuestos justos, respetar derechos en toda la cadena de valor, diseñar productos duraderos y reducir la huella ambiental de forma medible y verificable. Cuando un modelo de negocio solo prospera generando daños desproporcionados al ambiente, la sociedad o las personas hay que replantearlo, no maquillarlo.

Hacia la economía regenerativa: más allá de “no hacer daño”

La RSE tradicional busca minimizar impactos negativos (sostenibilidad). Pero cada vez más voces proponen ir un paso más allá: la economía regenerativa. Este enfoque no se contenta con “hacer menos mal”; aspira a restaurar y mejorar los sistemas vivos de los que dependemos. Es lo mínimo que se pretende de cada individuo, ¿por qué no exigirlo de la sociedad y por qué no de aquellas empresas que lucran con aquellos?

En sencillo: la naturaleza no solo se mantiene, se regenera continuamente (un bosque quemado puede volver a crecer más fuerte si se le ayuda). La economía regenerativa imita eso: busca que la actividad humana repare daños pasados (restaurar suelos degradados, capturar más carbono del que se emite, revitalizar comunidades), genere valor social y ecológico positivo neto y cree resiliencia a largo plazo. No es utopía: implica prácticas como agricultura regenerativa (que mejora el suelo en vez de agotarlo), energías renovables con impacto local positivo, cadenas de suministro que fortalecen territorios en lugar de extraerlos, y modelos de negocio que miden éxito no solo por ganancias, sino por salud de ecosistemas y personas.

Es un cambio de paradigma: de extractivo-lineal a  circular (espiralado) → regenerativo. Y muchas empresas ya dan pasos en esa dirección, aunque el camino es largo.

Ejemplos de RSE auténtica, incluso antes de que existiera el término

Afortunadamente, hay empresarios y empresas que entendieron esto mucho antes de que se inventaran las siglas RSE. Un caso emblemático es el argentino Enrique Shaw (1921-1962), recientemente beatificado por la Iglesia Católica en diciembre de 2025 (el primer empresario moderno en recibir este reconocimiento). Dirigente de Cristalerías Rigolleau y presidente de Pinamar S.A., Shaw aplicó en su actividad la Doctrina Social de la Iglesia: conocía por nombre a sus trabajadores, priorizaba condiciones dignas de trabajo y se opuso a despidos masivos cuando la empresa fue vendida a capital extranjero. Su vida personal y empresarial demuestra que la responsabilidad social puede ser vivida como vocación, no como moda. Lamentablemente, la falta de vocaciones en todos los ámbitos de la vida social, escasean.

Este solo caso y los pocos casos como este muestran que la RSE auténtica no es nueva: siempre hubo empresarios que entendieron la empresa como comunidad al servicio del bien común.

Como nunca vivimos tiempos en que “la firma”, “la marca”, “la franquicia”, es decir, una entidad impersonal está por encima de las personas. La despersonalización del individuo es un signo de los tiempos y trasciende cualquier frontera ideológica, que cada vez se desdibuja más en cuanto a la concepción materialista del mundo.

Colofón levemente utópico

La Responsabilidad Social Empresaria no debería ser un departamento paralelo, sino el alma de toda decisión estratégica. Y el horizonte regenerativo nos invita a soñar más grande: no solo sobrevivir, sino restaurar y prosperar en armonía con el planeta y las personas.

Empresas, gobiernos y consumidores tenemos que trabajar juntos para que esto pase de ser la excepción a la norma. Porque un consumo responsable real solo será posible cuando las compañías lo sean también, de corazón y no solo de imagen. Eso comenzará a ocurrir cuando la Responsabilidad Social Empresaria deje las mayúsculas de la puerta de una gerencia por la más humilde responsabilidad social empresaria, con minúscula, del corazón de ocasionales directivos.

[1] https://www.socialysolidaria.com/index.php/el-lado-b-del-consumo-responsable-parte-1/

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CONSUMO SUSTENTABLE Y RESPONSABLE EN LA ALIMENTACIÓN

Noticias Ambientales

CONSUMO SUSTENTABLE Y RESPONSABLE EN LA ALIMENTACIÓN

Una decisión cotidiana e individual con impacto global

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

En la nota anterior nos referimos al consumo sustentable y responsable de manera general. Hoy nos concentraremos en un aspecto mucho más específico y, posiblemente, desatendido. 

En un contexto de crisis climática, pérdida de biodiversidad y desigualdad social, nuestras decisiones alimentarias cotidianas tienen un impacto que va mucho más allá del plato que comemos cada día, de los manjares que deseamos y de lo refinados que seamos. Hablar de alimentación consciente implica reconocer dos dimensiones complementarias: la alimentación sustentable y la alimentación responsable. Ambas perspectivas, aunque distintas, convergen en un mismo objetivo: promover una forma de alimentarnos que sea viable para el planeta, justa para las personas y saludable para cada individuo.

¿Qué es la alimentación sustentable?

La alimentación sustentable se enfoca en minimizar el impacto ambiental de lo que comemos. Esto incluye:

  • Reducir la huella ecológica asociada a la producción, transporte y desperdicio de alimentos.
  • Favorecer prácticas agrícolas que conserven la biodiversidad y los suelos.
  • Priorizar alimentos locales, de temporada y con menor procesamiento.
  • Promover sistemas alimentarios que utilicen eficientemente los recursos naturales.

¿Qué es la alimentación responsable?

La alimentación responsable incorpora criterios éticos, sociales y de salud. Implica:

  • Elegir alimentos producidos en condiciones laborales justas.
  • Apoyar economías locales y circuitos cortos de comercialización.
  • Considerar el bienestar animal y el comercio justo.
  • Promover una dieta balanceada, variada y adecuada a las necesidades individuales.

 

Es importante destacar que no existe una única dieta ideal para todos. Las necesidades nutricionales varían según la edad, el estado de salud, el nivel de actividad física, las creencias religiosas, los aspectos culturales y las posibilidades económicas. Por eso, siempre que sea posible, es recomendable contar con el acompañamiento de profesionales de la nutrición que puedan orientar decisiones personalizadas.

Una propuesta integradora: alimentación consciente

La alimentación sustentable y la alimentación responsable no son excluyentes, sino complementarias. Una alimentación verdaderamente consciente es aquella que cuida tanto del entorno como de la salud individual. Se trata de adoptar prácticas que sean sostenibles para el planeta y responsables con nuestro cuerpo y por quienes producen los alimentos.

La producción de alimentos, como la de cualquier otro producto o servicio, constituye un factor clave en lo que llamamos el consumo responsable y sustentable, de lo que nos ocuparemos en una próxima nota.

Carne y sostenibilidad: una mirada contextual

En países como la Argentina, donde la carne tiene un fuerte arraigo cultural, aun sometido a vaivenes  económicos, hablar de sostenibilidad no implica eliminarla, sino repensar su consumo. Algunas estrategias posibles incluyen:

  • Elegir carnes de producción local y responsable.
  • Diversificar las fuentes de proteína (legumbres, huevos, lácteos, frutos secos).
  • Moderar el consumo excesivo, sin caer en prohibiciones.
  • Valorar prácticas ganaderas regenerativas o de pastoreo.

Estas últimas, las prácticas ganaderas regenerativas, son las que se emplearon desde comienzos de la civilización hasta, aproximadamente, comienzos de la segunda mitad del siglo XX.

Las proteínas de las carnes son acompañadas por nutrientes que no están en los vegetales, entre ellos:

–  hierro hemo[1]: presente en carnes rojas y pescado, es más fácilmente absorbido que el hierro no hemo de fuentes vegetales. La deficiencia de hierro puede afectar el desarrollo cognitivo, especialmente en niños.

–  zinc: abundante en carnes y mariscos, es crucial para el desarrollo neuronal y la función cognitiva.

vitamina B12: solo se encuentra de forma natural en productos animales (aunque puede suplementarse o encontrarse en alimentos fortificados). Su deficiencia está asociada con problemas neurológicos y cognitivos.

ácidos grasos omega-3 (DHA y EPA): presentes en pescados grasos, son esenciales para el desarrollo del cerebro, especialmente en fetos y niños pequeños.

Todos estos nutrientes pueden suplementarse de manera adecuada por quienes no consumen carnes o productos que no sean de origen animal, pero debe hacerse con una ayuda profesional.

[1] El prefijo hemo significa “rojo”, y hace referencia a la hemoglobina de los glóbulos sanguíneos de ese color.

Comparación de tipos de carne y su impacto ambiental

La tabla siguiente compara el impacto ambiental y hace consideraciones de sustentabilidad para carnes de diversos orígenes. La tabla es solo cualitativa por fines ilustrativos. Están cuantificados los factores de impacto, relacionados, por ejemplo, con el consumo de agua para la producción y la producción de gases de efecto invernadero.

Tipo de carneImpacto ambiental (promedio)Consideraciones sustentables
VacunaAltoAlta emisión de gases, uso de tierra y agua. Mejor si es de pastura y producción local.
PorcinaMedioMenor huella que la vacuna, pero depende del sistema de cría.
Aviar (pollo)Medio-bajoMenor huella de carbono, pero atención al bienestar animal en sistemas intensivos.
Ovina/caprinaVariableEn sistemas extensivos puede ser más sustentable, especialmente en zonas áridas.
Pescados y mariscosVariableDepende si es pesca salvaje (riesgo de sobrepesca) o acuicultura (impacto en ecosistemas).

En trabajos anteriores hablamos de la sorpresa que nos genera que un país con enormes costas consuma relativamente poca carne de pescado. Esta consideración contrasta con la devastadora pesca ilegal en los límites de nuestro mar.

No es el propósito de esta nota profundizar en cuestiones políticas y económicas estratégicas, sino alentar, sobre todo, a que cada uno reflexione sobre su propias formas de consumo para su alimentación y la de su familia. La buena alimentación se educa y el consumo consciente en la alimentación es una unidad de aprendizaje en la asignatura que se enseña (o debería enseñarse) en la escuela primaria.[2]

[2] La buena alimentación forma parte de los Núcleos de Aprendizajes Prioritarios. No estamos seguros de si la importancia del tema se transmite a estudiantes y profesores con la importancia que se debe.

Guía práctica: 10 pasos hacia una alimentación consciente

Unos sencillos pasos, vinculados con la reflexión y el conocimiento básico del mundo que nos rodea por dentro y por fuera de nuestra piel, nos muestran que es posible desarrollar un modo de alimentación consciente, equilibrando lo que verdaderamente necesitamos con lo que el ambiente no requiere:

  1. Planificar las compras: hacer una lista y evitar compras impulsivas y compulsivas.
  2. Elegir productos locales y de estación: son más frescos y más sustentables.
  3. Cocinar en casa: menos envases, productos de origen conocido y, por lo tanto, más saludables.
  4. Revisar el consumo de carne: no se trata de eliminarla, sino de consumirla con conciencia y guía.[3] Elegir carnes locales, de producción responsable. Es recomendable y equilibrar la dieta con más vegetales, legumbres y frutas.
  5. Reducir lo más posible el consumo de azúcar y edulcorantes artificiales.
  6. Evitar alimentos ultraprocesados: contienen menos nutrientes y producen mayor impacto ambiental.
  7. Reutilizar y reciclar envases siempre que sea posible.
  8. No desperdiciar comida: aprovechar las sobras y compostar residuos orgánicos.
  9. Leer las etiquetas: informarse sobre lo que se consume es una forma de mantenerse sano y contribuir a no perjudicar al ambiente. ¿Tiene dudas? La inteligencia artificial es de gran ayuda para conocer las propiedades de sustancias desconocidas.[4]
  10. Consultar a profesionales de la salud: una dieta saludable es, sobre todas las cosas, una dieta personalizada.

[3] El autor de esta nota sostiene que uno de los grandes defectos de la educación en haber reducido y eliminado de la enseñanza primaria los cursos de física, química y biología. Estos dos últimos, encarados adecuadamente, son la base de lo que toda persona debería saber sobre el tema que tratamos aquí.

[4] …y ante cualquier duda, consulte con un químico…

Colofón austero

En un mundo que parece tambalearse al borde del desborde, donde el derroche se disfraza de abundancia y la pobreza acecha en un silencio que ensordece, la alimentación consciente emerge como un acto de resistencia callada, un susurro de esperanza. Cada bocado que elegimos es un verso en la poesía de un mundo mejor, un canto a la tierra que nos sostiene, un homenaje a quienes cultivan con manos curtidas, un compromiso con la salud que nos habita y una bofetada a quienes de todo quieren hacer una industria donde cada uno de nosotros no tenemos ni rostro ni nombre. Como se atribuye a san Francisco de Asís, en su sabiduría de la austeridad, es conveniente decir: “necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito muy poco”. Que esta verdad sencilla nos inspire a saborear lo esencial, a nutrirnos con intención y a sembrar, con cada decisión, un destino donde el exceso en nuestro plato aparezca en el plato casi vacío del prójimo; y para que ese alimento que nos sobra hoy no se lo robe al sustento de mañana.

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CONSUMO SUSTENTABLE Y CONSUMO RESPONSABLE

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CONSUMO SUSTENTABLE Y CONSUMO RESPONSABLE

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

¿Qué es el consumo sustentable?

El consumo responsable se refiere al uso de productos y servicios que minimizan el impacto sobre el ambiente y permite preservar los recursos para las generaciones futuras, es decir, satisfaciendo las necesidades presentes sin comprometer a las venideras.

El consumo sustentable es, por lo tanto, eficiente y está relacionado no solo con el uso de un producto o un servicio, sino también con su producción, su transporte, disposición final y posibilidad de reciclaje. En cada una de estas etapas debe incluirse, naturalmente, el consumo de energía involucrado, asunto que generalmente pasa desapercibido por el consumidor promedio.

El consumo sustentable tiene un sentido puramente declamatorio si no se lo relaciona con el denominado consumo responsable.

El consumo responsable

El consumo responsable es un concepto más amplio que nos compromete a los consumidores como actores claves en la toma de decisiones vinculadas con la utilización de productos y servicios; el consumo responsable implica la toma de decisiones individuales que pueden influir en el comportamiento social.

Es decir que el consumo responsable incluye criterios éticos personales, sociales y ambientales. Tanto el consumo sustentable como el consumo responsable se preocupan primeramente por aspectos ambientales esencialmente técnicos (como, por ejemplo, reducir la denominada huella ecológica) y aspectos sociales como la mejora de la calidad de vida y la Equidad social. Sin embargo, el consumo responsable enfatiza también sobre los derechos laborales, el comercio justo y la conciencia social en relación directa con quienes proveen los bienes y servicios.

Es innegable que, en la actual situación del mundo, parecerían haber connotaciones políticas e ideológicas sobre estos aspectos. Mi respuesta a la superficialidad de los tiempos, basadas en la opinión de legos o ignorantes son las siguientes: primero, que toda actividad social humana es política y, segundo, que se trata mucho más que mera ideología: es filosofía de la vida actual, filosofía de nuestras circunstancias.

¿Qué es la huella ecológica?

La huella ecológica es un indicador técnico que mide el impacto que tiene la actividad humana sobre el ambiente. Se define como la superficie ecológicamente productiva necesaria para obtener los recursos consumidos por una persona, comunidad, país o actividad, independientemente de dónde se encuentren estas áreas.

Este indicador se expresa en hectáreas globales por habitante y por año y permite cuantificar la cantidad de tierra y agua requeridas para sostener nuestro estilo de vida, incluyendo la producción de alimentos, energía, vivienda y otros consumos, así como el tratamiento y disposición de los residuos y la absorción de gases como el dióxido de carbono, importante sustancia responsable del efecto de invernadero que produce el aumento de la temperatura promedio del planeta.

Los principios del consumidor responsable

El consumidor responsable reconoce los límites ecológicos de su entorno y acepta ajustar su vida a esos límites. Asimismo, se preocupa por la satisfacción de necesidades básicas de toda la población, evitando el consumismo y la tendencia a “usar y tirar”.

Un consumidor responsable utiliza productos y servicios que requieren menos materiales y energía y que generan menos residuos y contaminación. También se preocupa por que esos productos y servicios empleen formas renovables de energía y minimicen la producción de desechos.

Naturalmente hay una clave para convertirse en un consumidor responsable: internalizar estas actitudes, y para eso debe ponerse el foco en la educación del ciudadano.

Prácticas individuales y familiares para ser un consumidor responsable

Ejemplos y prácticas cotidianas

Adquirir algunos hábitos personales y practicarlos habitualmente solos, en familia o en nuestras actividades laborales y recreativas nos permitirá convertirnos en consumidores responsables:

  1. Tratemos de reducir, reutilizar y reciclar productos y envases
  2. Prefiramos productos locales y de temporada
  3. Elijamos productos ambientalmente amigables, biodegradables o que cuenten con certificación de sostenibilidad
  4. Adquiramos una dieta balanceada, con un consumo de carne y vegetales ajustados a nuestras necesidades.
  5. Empleemos la energía y el agua en forma eficiente, concentrándonos en no derrochar.
  6. Utilicemos el transporte en forma eficiente: en lo posible, el transporte público sobre el individual; en el automóvil maximizando la cantidad de pasajeros. Quienes puedan, utilicen la bicicleta; quien escribe estas líneas está convencido de que debería alentarse también el uso del triciclo, ya que no son tantas las personas que se animan a circular por las calles empleando un transporte bastante inseguro frente a los automóviles (el triciclo es mucho más inclusivo, pero se lo ha relegado a vehículo para personas con discapacidad[1]).

[1] Algunos municipios del Gran Buenos Aires los utilizan en algunos paseos públicos, pero no hay en las estaciones de bicicletas, hasta donde sabemos.

Colofón responsable

En próximas notas trataremos sobre los beneficios generales, pero también sobre los desafíos y recomendaciones para tratar en la dirección correcta la problemática del consumo sustentable y responsable. Sobre todo, nos introduciremos en un tema más que espinoso: no hay consumo responsable sin producción responsable y la educación y legislación dirigidas para alcanzar estos propósitos.

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LA AGENDA 2030 Y LOS OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE

AGENDA 2030 DESARROLLO SOSTENIBLE(1)

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LA AGENDA 2030 Y LOS OBJETIVOS DE DESARROLLO SOSTENIBLE

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

 

En septiembre de 2015, los 193 Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas firmaron un plan de acción global denominado Agenda 2030. El propósito de este Plan es promover un desarrollo sostenible, atendiendo a las problemáticas más acuciantes a nivel global en la actualidad. En este y los siguientes artículos, abordaremos muchas de esas temáticas, analizando los logros alcanzados hasta el momento y dando nuestra propia perspectiva sobre lo que se han denominado Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

El desarrollo sostenible

Se define que el desarrollo es sostenible cuando “satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas”.[1] Lo que se da por implícito, entonces, es que hasta ahora el concepto de desarrollo estaba (sigue estando) asociado exclusivamente al desarrollo económico.

A nuestro juicio, si no se especifica explícitamente el adjetivo “económico”, no queda claro cuál es el objetivo global del desarrollo. Esto nos lleva a un aspecto relevante, ya que en la Agenda 2030 el concepto de sostenibilidad se aplica a cuatro ámbitos distintos pero interrelacionados: económico, ambiental, social y político. Poner explícitamente el adjetivo “económico/a” tanto a “desarrollo” como a “sostenibilidad” aclarará la tesis que desarrollaremos en nuestros próximos artículos.

Resaltar que el adjetivo “económico” aparezca como núcleo del desarrollo y como parte de la sostenibilidad revela que hay varias formas de entender eso que llamamos, de manera genérica: desarrollo. En resumen, se reconoce la necesidad de que debe haber un desarrollo económico y que ese desarrollo económico debe alcanzarse de manera sostenible, considerando la economía de las personas y la sociedad, la conservación del ambiente y la estabilidad social y política.

[1] Nuestro futuro común (Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, 1987), en https://climate.selectra.com/es/que-es/desarrollo-sostenible.

Desarrollo y necesidades

Entendemos que la definición de desarrollo como “satisfacción de necesidades” presenta algunas imprecisiones. El término “satisfacción” es bastante general y ambiguo, ya que, en su acepción más cercana al tema en cuestión, satisfacer[2]significa saciar un apetito o aquietar las pasiones del ánimo.  Por otro lado, la definición para necesidad es más precisa, pero más extrema[3]: carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida y aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.

La falta de precisión en los puntos de partida siempre dificultará que los objetivos estén claramente definidos y, sobre todo, que los medios elegidos sean los adecuados. No queremos abrir aún más el tema, pero es algo parecido a lo que ocurre con la educación. En resumen, consideramos que la definición de desarrollo basada en la “satisfacción de necesidades” carece de la claridad y precisión necesarias, lo que puede generar confusión en los objetivos y la elección de medios apropiados para alcanzarlos.

[2] Tomamos para satisfacción, respectivamente, las acepciones 4 y 3 del Diccionario de la Lengua Española (DEL).

[3] Para necesidad, empleamos las acepciones 3 y 2 del DEL, respectivamente.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible

La Agenda 2030 estableció diecisiete objetivos para atender las situaciones que se consideran apremiantes en el siglo XXI. Nosotros los categorizamos de manera algo arbitraria en objetivos individuales, sociales y globales. La elección de los grupos la hicimos atendiendo al impacto directo sobre la persona, su sociedad y el “hogar común”: nuestro planeta. Cabe mencionar que algunos objetivos podrían estar incluidos en más de un grupo debido a su profunda interrelación. (entre paréntesis escribimos los números asignados por la ONU):[4]

Objetivos individuales

Estos objetivos tienen un impacto directo en el bienestar y desarrollo de cada persona:

  • Pobreza (1)
  • Hambre cero (2)
  • Salud y bienestar (3)
  • Educación de calidad (4)
  • Agua limpia y saneamiento (6)
  • Trabajo decente y crecimiento económico (8)

Si bien la reducción de la pobreza es un objetivo social, nos interesa específicamente la mejora en la calidad de vida de cada individuo, más allá de las estadísticas (nos importa “la pobreza” pero, sobre todo, “el pobre”).

Objetivos sociales

Estos objetivos buscan mejorar las condiciones de vida a nivel de la sociedad:

  • Igualdad de género (5)
  • Energía asequible y no contaminante (7)
  • Industria, innovación e infraestructura (9)
  • Reducción de las desigualdades (10)
  • Ciudades y comunidades sostenibles (11)
  • Producción y consumo responsables (12)
  • Paz, justicia e instituciones sólidas (16)

A diferencia de la pobreza, la igualdad de género (5) se puede promover de manera directa a través de leyes y políticas públicas, por eso la incluimos en este grupo.

Por otro lado, aunque la Paz mundial no esté garantizada solo por la justicia y solidez de las instituciones en cada país, la inclusión del objetivo 16 en este grupo se debe a que la estabilidad interna de las naciones es fundamental para lograr sociedades más justas y cohesionadas.

Objetivos globales

Estos objetivos requieren acciones coordinadas a nivel mundial, incluyendo acuerdos intergubernamentales:

  • Acción por el clima (13)
  • Vida submarina (14)
  • Vida de ecosistemas terrestres (15)
  • Alianzas para lograr los objetivos (17)

Todas las acciones sobre estos objetivos globales tendrán un impacto en cada individuo y en la sociedad en la que vive, pero su alcance trasciende las fronteras de los países.

En resumen, esta categorización busca resaltar que, aunque todos los objetivos están interrelacionados y persiguen el desarrollo sostenible, algunos tienen un foco más individual, otros apuntan a transformaciones sociales, y algunos requieren una perspectiva global y cooperación internacional para ser alcanzados.

[4] https://sdgs.un.org/goals

Colofón sostenible

El objetivo de los próximos artículos será, precisamente, analizar los ODS sobre la base de las esperanzas iniciales (2015) y los logros alcanzados a poco más de un lustro para llegar al 2030. Presentaremos las metodologías elegidas para el seguimiento de los logros y cuáles fueron estos a lo largo de casi diez años. Nos espera un desafío más que interesante.

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ENCERRADOS DEL LADO DE AFUERA

ENCERRADOS DEL LADO DE AFUERA

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ENCERRADOS DEL LADO DE AFUERA

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

 

Hasta fines de los años 1990, era raro ver en Buenos Aires edificios de departamentos con seguridad privada, lo que ya era común en varios países de Sudamérica. Muchos domicilios reforzaron sus entradas con gruesas rejas tanto en la ciudad como en el Gran Buenos Aires debido al aumento de la inseguridad, medida que, sin embargo, no impiden delitos como las “entraderas”.

Presos adentro y afuera

Desde hace no muchos años somos testigos de un nuevo fenómeno: edificios públicos con sus perímetros enrejados y hasta parroquias y templos con sus atrios clausurados por gruesos barrotes. Aun los diminutos zaguanes que separan la puerta de entrada de la línea de la acera de muchas casas se encuentran cerrados con portezuelas de metal de diferentes alturas.  Tanta parafernalia metálica tiene un propósito común: aislar esos sectores de la presencia de “personas en situación de calle”, como la sociología políticamente correcta denomina a quienes, por las razones que fueren, habitan nuestras grandes ciudades, sin techo, pero también sin cama limpia, sin acceso a una alimentación sana, al aseo ni al uso de sanitarios.

La ciudad encierra a los menesterosos entre sus confines y sus paredes, en tanto que el resto nos separamos de ellos refugiándonos del lado de adentro de esos mismos muros de casas privadas y edificios públicos.

Donde vive la indigencia

Los cajeros automáticos de los bancos se han transformado en monoambientes para muchas de estas personas. Sé que hay quienes no entran de noche a extraer dinero por miedo a que los roben. Yo enfrenté dos sentimientos diferentes, pero curiosos: una vez no entré al cajero para no despertar a quien dormía; otra vez, que noté algún movimiento, entré, nos saludamos e hice mi transacción.

Los pasajes de las estaciones de subterráneo son otros sitios que funcionan como dormitorios cotidianos. Allí, tal vez por la condición del habitante nocturno -muchas veces personas ebrias o drogadas- el ambiente resulta más sucio y despierta temor.

Las marquesinas de los comercios sirven de techo a familias enteras que despliegan sus colchones y sus escasos enseres para pasar allí la noche y parte del día.

Verdades a medias

Pero siempre está el muro, la vidriera o la reja para encerrarlos del lado de afuera, en ciudades desaprensivas, ciegas, sordas y mudas: de un lado el calor del hogar, del otro el frío que corroe el alma aun en la noche más calurosa.

Ahí están ellos, personas que se han vuelto personajes, o -como parecen opinar algunos gobernantes- que se han transformado en parte del paisaje urbano, en actores de un drama cotidiano que, de tan recurrente, se ha naturalizado.

“Nadie hace nada”, dicen algunos; “no quieren vivir en los paradores porque les roban”, comentan otros; o simplemente está el que dice que “viven así porque quieren”. Tres de tantas afirmaciones que tal vez apenas sean apreciaciones puntuales, menos representativas que las encuestas de los movileros de la radio o la TV.

Los números de la calle

Solo en la ciudad de Buenos Aires hay más de 8.000 personas en situación similar y alrededor de unas 5.000 en alguna de las condiciones descriptas en esta nota (estas son cifras extraoficiales, las oficiales son menores). Son pocos para una ciudad populosa como Buenos Aires, aunque uno solo ya sería demasiado. Son pocos para que los gobiernos no tomen la decisión de hacer algo: en no mucho más que dos manzanas se pueden construir habitaciones individuales de veinte metros cuadrados con baño y cocina; si se trata de familias, el espacio total es proporcionalmente menor (cuatro personas pueden vivir en cuarenta metros cuadrados con habitaciones individuales). Un sistema de hotelería digna, limpia y segura donde cada uno podría aportar lo suyo para ganar su plato de comida y, sobre todo, los chicos ir a la escuela y jugar, jugar el resto del tiempo.

Colofón modesto

Esta columna no es de propuestas. Ni siquiera es de buenas ideas. Tal vez (y muy probablemente) no tenga ideas, buenas ni malas. Nos pidieron hace dos años que habláramos del ambiente.  Somos consecuentes con este propósito y coherentes con nuestra posición: como dijimos desde el principio desde estas notas, nuestro ambiente es, sobre todo, el prójimo.

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CAMBIO Y PROGRESO: ¿PARA DÓNDE Y PARA QUÉ?

CAMBIO Y PROGRESO 1200

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CAMBIO Y PROGRESO: ¿PARA DÓNDE Y PARA QUÉ?

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

 

“Si de algo nos han querido convencer no solo los medios de comunicación, sino también la escuela y la universidad, es que vivimos en tiempos de cambio y progreso continuos. Sin entrar en profundidades filosóficas encerradas en aquello de que “lo único permanente es el cambio” (Heráclito, hace más de 2.500 años), lo curioso es que tanto al progreso como al cambio se los asimila como absolutos que, sin adjetivaciones adicionales, se interpretan como cosas buenas en sí mismas”.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de progreso?

“Si los líderes mundiales desencadenan una guerra nuclear veremos cómo es posible detener drásticamente el progreso. Dejemos que se exploten indiscriminada o furtivamente las reservas ictícolas de nuestro mar y dejarán de progresar los peces y la vida marina en nuestras aguas. Permitamos que se extraiga hasta los últimos miligramos de metales preciosos o estratégicos de los países más pobres, y la pobreza seguirá progresando en ellos, cada vez más, como hasta ahora. Dejemos que se sigan talando bosques y el mundo prosperará en infinitas cabañas de madera instaladas en desiertos naturales o en oasis artificiales, donde los más ricos disfruten cómodamente del progreso.

¿Estoy a favor de que progrese la ciencia médica? Por supuesto, pero si me ponen frente a una opción preferiría que la medicina actual llegue a todo el mundo por igual, pobres y ricos. Una cosa no quita la otra, pero dije si me ponían frente a una opción. Quiero decir que lo que denominamos progreso también requiere de prioridades, y las prioridades son necesarias si, como sabemos, los recursos económicos son limitados.

Pero hay otra razón por la que el progreso podría desacelerarse, y es si existiera una valoración ética de las consecuencias de determinadas “formas” de progreso. Es verdad que en la posmodernidad todo debate ético puede parecer estéril, pero si la discusión ética desencadena en nuevos instrumentos legales, muchas actividades generarían menos daño del que producen”.

 

El progreso que me conviene

“¿Me parece bien que cada vez estemos “más conectados”? Personalmente, con lo que hay actualmente me alcanza y me sobra. Viajando por primera vez al exterior, en los años 1980 me comunicaba por correo postal con familiares: cada carta tardaba entonces entre una semana y diez días en llegar al destinatario. En la década de los 1990 llamaba por teléfono público desde los Estados Unidos una vez por semana y tenía que usar cerca de 20 monedas de un cuarto de dólar para hablar por un teléfono público durante apenas un par de minutos. Veinte años después podía hablar con mis padres desde Europa dos veces por día mirándolos a la cara: recién aparecía el hoy casi abandonado Skype, reemplazado por Zoom, Meet y otras posibilidades no muy diferentes

En la actividad profesional, hace cuarenta años una búsqueda bibliográfica implicaba dedicar un día completo a la semana en la hemeroteca para encontrar las citas de artículos de investigación que, con suerte, habían sido publicados apenas tres meses atrás (solo la cita; conseguir el artículo original podía llevar un mes más). Ahora, con un par de horas por semana accedo a decenas de artículos completos que tienen fecha prevista de publicación recién para el año 2026.

Todo esto es más que suficiente para mí, pero insuficiente para quienes viven de la especulación financiera o los que hacen dinero cada vez que usted o yo hacemos click en las aplicaciones gratuitas”.

 

El avance del cangrejo

“La relatividad del concepto de progreso lo describió muy bien hace muchos años Umberto Eco con lo que llamó “el paso del cangrejo”: la conectividad por internet comprende una maraña de cables de miles y miles de kilómetros que atraviesan los océanos y cruzan valles y montañas por todo el mundo. Sin detenernos en las razones técnicas por lo que esto es así, en lo refererido a la transmisión hemos retrocedido, ya que la comunicación sin cables fue desarrollada por Guillermo Marconi en 1895 (¡casi 130 años atrás!).

Por otra parte, el cambio por el cambio mismo suele ser un desproporcionado (aunque fríamente calculado) desperdicio de dinero para la economía del hombre común: no alcanzamos a utilizar 10% de las capacidades del último teléfono móvil o computador portátil que ya nos presionan con un nuevo modelo, del que utilizaremos aún menos porque su capacidad de procesamiento aumentó mucho y nuestras pedestres necesidades apenas han cambiado”.

 

Progreso no es más consumo

“Todas estas reflexiones no son más que lo que habitualmente denominamos las consecuencias de haber caído en las trampas de la sociedad de consumo. Nosotros, de una manera u otra, somos víctimas -no siempre inocentes- de este modelo de sociedad. Y con esta afirmación no quisiera que se hagan interpretaciones políticas: las alternativas que tenemos son pocas y son malas.

Las nuevas opciones deben salir del interior mismo de cada sociedad, es decir de cada familia, de cada individuo. A fines del siglo XIX, cuando el modelo industrialista había reducido a su máxima expresión la iniciativa individual, los ingleses “descubrieron” a san Francisco de Asís: el ejemplo activo -la acción- de un santo del siglo XIII sirvió de refugio a una sociedad agobiada.

En el siglo XX pasó algo parecido: la relativización de las virtudes y las filosofías de la desesperanza tuvieron como reacción el redescubrimiento de la vieja filosofía escolástica medieval”.

 

Colofón

“Reacción y acción desde el fondo de nuestros corazones y desde la corteza de nuestro cerebro: eso es a lo que nos compromete el mundo actual, en defensa propia, en defensa del prójimo y en defensa del ambiente que nos rodea por afuera y por dentro de nuestra piel”.

 

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El Cambio Climático: Un Desafío Inmediato y a Mediano Plazo

EL DESAFIO DEL CAMBIO CLIMATICO 1200

Noticias Ambientales

El Cambio Climático: Un Desafío Inmediato y a Mediano Plazo

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

Hace unos treinta años, no estaba muy convencido de lo que se llamaba entonces “calentamiento global”, luego “cambio global” y ahora “cambio climático”. Mis dudas se basaban en algunas cuestiones experimentales: se usaban mediciones de temperaturas muy antiguas, hechas (según me parecía) con termómetros no estandarizados. Además, las mediciones del observatorio de Mauna Loa (Hawái) me resultaban insuficientes.

Recuerdo que los estudiantes me consultaban cómo tratar esa información que llegaba a la gente de forma sesgada por medios politizados. Mi respuesta fue durante mucho tiempo que, si las causas eran múltiples, había que actuar sobre las controlables como si fueran las únicas responsables del fenómeno.

Resumamos lo esencial del tema: si se cubre con un material transparente un lugar donde hay plantas, animales y personas, la luz del sol calienta el ambiente y el dióxido de carbono (CO2, se lo suele nombrar “ce-o-dos”) generado por la respiración retiene la radiación reflejada, produciendo un calentamiento que se conoce como “efecto invernadero”.

Lo mismo ocurre en la atmósfera cuando el dióxido de carbono se acumula en cantidades superiores a las que el ambiente puede tolerar. El punto era decidir si los responsables eran los seres vivos en general o si los humanos añadían dióxido de carbono para otros fines propios de su cultura. Mientras las pruebas parecían insuficientes, pasó como con el tabaco: el mundo se dividió en dos; por un lado, las tabacaleras y los fumadores y por el otro, el resto del mundo.

Las causas del cambio climático dependen de la actividad humana

En el tema del cambio climático, la politización siguió, sigue y seguirá por bastante tiempo. Pero ya no hay dudas de que las principales causas del cambio climático se deben a la actividad humana. Las contribuciones naturales, principalmente las volcánicas, no han variado significativamente en los últimos siglos. Repasemos, entonces, los principales aportes de la civilización industrial:

  • Combustión de combustibles fósiles: empleados para generar energía eléctrica, para uso doméstico e industrial, calefacción por gas natural y calderas a gas o combustibles líquidos, transporte terrestre, marítimo y aéreo.
  • Producciones industriales que descomponen minerales: industria de la cal y el cemento, producción de acero, entre otras.
  • Deforestación y quema indiscriminada de bosques: si bien esta última puede ser de origen natural, la intervención humana suele ser más difícil de controlar y compensar.
  • Ganadería y agricultura intensivas: contribuyen directamente con la producción de CO2 (ganadería) o indirectamente a través de la deforestación (agricultura).
  • Descomposición de residuos sólidos: el desperdicio de alimentos, los residuos orgánicos en general, producen grandes cantidades de dióxido de carbono. En muchos de estos puntos no se enfatiza lo suficiente un aspecto clave: la emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono en tiempos muy cortos.

Esto es importante destacar porque hay quienes señalan que la materia orgánica, tarde o temprano se descompondrá y que los gases producidos intervendrán en lo que se denomina el ciclo del carbono: las plantas lo utilizarán para crecer y multiplicarse, consumiéndolo mediante la fotosíntesis.

Eso es una verdad a medias: si la velocidad con que se emite dióxido de carbono a la atmósfera supera a la que tienen las plantas para “capturarlo”, el gas se acumulará en el aire. El ejemplo es tan sencillo como esto: si me dan tiempo, puedo beber 1000 litros de agua; necesitaré poco más de un año para eso, pero si me los dan todos juntos, me ahogaré. Si a lo dicho se suma que la deforestación y la tendencia a la desertización de muchos territorios hace que no haya suficiente capacidad de captura por vegetación, el fenómeno se agrava.

Creer o no creer

Pero no se trata solo de “creer o no creer” en el efecto del hombre sobre el cambio climático. Se trata también del costo de las decisiones que implican cambiar el uso de la energía. Y aquí se presentan dos situaciones, una inmediata y otra a mediano plazo:

  • La inmediata es utilizar racionalmente la energía: esto tiene sus costos en términos de una supuesta pérdida de confort (hay países cuyo consumo energético por habitante es diez veces superior al promedio del planeta) y, sobre todo, una pérdida de rentabilidad de las empresas.
  • A mediano plazo habrá un cambio en la matriz energética. Ese cambio implica, por un lado, decidir qué reemplazará total o parcialmente a los combustibles fósiles. Por otro lado, cómo harán las empresas para reconvertirse sin perder rentabilidad y seguir manteniéndose “en el negocio” sin ser reemplazadas por otras. Hay una razón adicional: ¿y si la forma de emplear la energía cambia radicalmente? ¿Si la “nueva energía” no requiriera de grandes productores, acumulación y transporte? Ahí radica, a mi juicio, el quid del tema.

Y estas preguntas están planteadas desde el año 2000 y, todavía, se demora la respuesta, aunque yo y los profesionales con quienes trabajo, estamos convencidos de que la tenemos, al menos, parcialmente.

Trataremos de estos temas en próximas notas.

 

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¿PARA QUÉ LADO QUEDA EL AMBIENTE?

Conciencia ambiental 100

Noticias Ambientales

¿PARA QUÉ LADO QUEDA EL AMBIENTE?

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

Es tan amplia la variedad de cuestiones que se deben tratar cuando se habla del ambiente que es inevitable preguntarse de qué hablamos cuando se aborda el tema y quiénes deben comunicarlo. Algunos piensan que es necesario tener una especialización en periodismo ambiental, otros creen que son los expertos quienes deben “bajarlo” al público en general. Yo disiento en parte con ambas opiniones; debe ser quien lo haga con verdad, claridad y sin subestimar a quien recibe el mensaje. El asunto es particularmente importante porque de quién lo trate y de cómo se trate así se formará la opinión y se despertará el interés de cada uno de nosotros, al tiempo que se dirigirá la atención a diferentes aspectos de la problemática ambiental.

Expertos en ambiente

Comunicar es un arte que se estudia y que se perfecciona. La primera regla es conocer el tema del que se habla. Para hablar de ambiente habría que tener conocimientos básicos de química, física, biología y matemática. Conocimientos no superiores a los que todo estudiante debería adquirir en un buen colegio secundario, nivel en el que, además, debería haber disciplinas multidisciplinarias que, entre otras, traten la temática ambiental. Con esta base común, cualquier comunicador preparado en la especialidad podría entenderse con su público y ponerlo al tanto de novedades de la actualidad ambiental. Que el comunicador tenga conocimientos por encima del estándar tiene una ventaja adicional: el receptor de la noticia se informa bien y aprende, o sea, después de leerla o escucharla sabe sobre el tema más que al principio.

En el otro extremo, los expertos tienen el entrenamiento y el lenguaje para comunicarse con sus colegas, generalmente ultraespecialistas que manejan jergas poco comprensibles por el público no especializado; por lo pronto, dan por entendido lo básico y bastante más que lo básico: los expertos constituyen faunas y se entienden entre ellos con un número limitado pero encriptado de signos.  Por lo tanto, un experto en cualquier disciplina debe hacer un esfuerzo adicional, enorme, casi humano (si se me permite la humorada), para transmitir su conocimiento. A mi juicio, ese esfuerzo es tan monumental como elevar una roca de varias toneladas; por eso nunca entendí eso de “bajar” un tema sino, más bien, que se debe “subirlo al público”. Esto sin detenerme en la psicología de lo que significa “bajar” el conocimiento; sin embargo, no tengo aquí el propósito de generar polémicas innecesarias, a las que no rehúyo, por supuesto.

Las aristas del ambiente

Tratar periodísticamente un tema ambiental implica elegir entre varias opciones; cada una de ellas, por otro lado, puede estar condicionada por factores externos (es decir, ambientales) al comunicador. Veamos: pueden tratarse de manera más o menos sistemática, como lo hace esta columna, temas que no necesariamente sean noticia reciente; se trata más bien de periodismo científico o, más acertadamente, periodismo de divulgación científica. La temática ambiental es un transcurrir de eventos a través del tiempo, muchos de ellos relacionados, que se van enlazando a veces imperceptiblemente como podría ser el cambio climático y la sequía de algunas regiones: como causa de este cambio, hay una desertificación, pero también hay una oasificación[1] en muchas zonas del planeta. Por supuesto que una gran sequía repentina es noticia, pero habría que discutir si semejante evento es consecuencia del cambio climático o de la falta de previsión. De una manera u otra, se trata de un tema ambiental, aunque las explicaciones pueden ser diferentes y condicionadas por la conveniencia: muchas veces conviene echarle la culpa al cambio climático en vez de reconocer que debe invertirse en sistemas de riego o de cauces de desagüe para contrarrestar sequías y evitar inundaciones.

Hay noticias que se ocultan deliberadamente y temáticas que premeditadamente no se discuten en profundidad. Hay miedo a saber y miedo a que otros sepan; es así como se generan tabúes que casi siempre son el resultado de silenciar la realidad. Y cuando no queda más remedio que enfrentarla (ya que la realidad nos desborda), se plantean disyuntivas sin argumentación, como: “minería SÍ” o “minería NO”; y lo lamentable es que es “SÍ porque sí “y “NO porque no”, sin demostración o justificación.

[1] La palabra *osasificación aún no está en el diccionario de la lengua, pero seguramente, lo estará pronto.

¿Para qué lado miramos?

El punto es que cualquier persona interesada en la problemática ambiental -o cualquier otra temática- debería ser capaz de entender por su propia cuenta y para eso hay que manejar un conocimiento mínimo. La tan mentada decadencia del sistema educativo es una consecuencia de esto: cuanto menos sepa la mayoría, más sabios parecerán los mediocres o, visto de otra manera, con menos esfuerzo podrán sobresalir frente a una mayoría cada vez más empobrecida en conocimientos y en su economía. Mi consejo para el lector de esta columna es sencillo, aunque requiere método y algún esfuerzo; si le interesa un tema ambiental siga estos pasos:

  1. Lea de varias fuentes confiables. Por ejemplo, comunicaciones de alguna universidad: las universidades tienen repositorios de acceso libre donde hay trabajos de diferente nivel, incluyendo divulgación. Las ONG suelen manejar buenos argumentos, aunque sesgados. Hay buenos trabajos de divulgación científica en los medios, pero desconfíe siempre de notas traducidas por alguien que no sepa ciencia (se leen barbaridades indefendibles).
  2. Si lee una nota firmada o escucha una opinión de primera mano, vea los antecedentes de quien las dice.
  3. Cuando no entienda un asunto que le interese, no abandone: busque lo básico en internet y las palabras claves en el diccionario (la Real Academia de la Lengua Española lo tiene en línea: todos deberíamos descargarlo en nuestro celular).
  4. Escriba sus propias ideas o sus dudas y consúltelas: llame a las universidades, pida hablar con profesores, averigüe sobre charlas de divulgación.
  5. Saque sus conclusiones basándose en sus propios argumentos, sostenidos a su vez por los argumentos de los especialistas. Asegúrese de que lo que piensa es por usted mismo y no por la opinión de otro.

¿Y cómo se elige un tema? ¡Mirando a su alrededor y deteniéndose a observar! Es el mejor ejercicio para entrenar la curiosidad: comunicarse con los sentidos atentos y sumergidos en el ambiente y, sobre todo, mirando a los ojos a los demás. Mirar a los ojos es una actividad que se ha perdido, sustituida por mirar una pantalla. No hay edad para ser curioso.

Colofón aclaratorio

En este punto, la editora de Social y Solidaria se estará preguntando sobre el título de este trabajo. Si no lo modificó hasta aquí, ella y los lectores merecen una explicación: el ambiente, nuestra circunstancia, es todo aquello que nos rodea por adentro y por fuera de nuestra piel, como ya lo dijimos en una nota anterior: no importa para qué lado miremos, allí estará, esperando de nuestro compromiso con él, de nuestra acción solidaria: al ambiente no puede dársele la espalda. Nuestro ambiente es la excepcional sequía que asoló al país y que medimos en dólares, pero también son ese papá y su hijita que, desde hace apenas una semana, duermen en la calle en la esquina de Álvarez Jonte y Bolivia, en plena ciudad de Buenos Aires[2].  

[2] Que a la semana de haber escrito esta nota ambos no estén ya en esa esquina no tranquiliza, sino que exacerba la angustia por no saber qué habrá sido de ellos.

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INTELIGENCIA ARTIFICIAL

INTELIGENCIA ARTIFICIAL 1200

Noticias Ambientales

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

Confieso que el tema de la inteligencia artificial, como dicen los jóvenes, me “hace ruido”. Fue prevista hace muchas décadas y no nos sorprende a los que nos dedicamos a la ciencia porque lo que se denomina ciencia ficción es, en general, ciencia de anticipación, que es lo que hacemos los que nos dedicamos profesionalmente a la investigación y el desarrollo. Por otro lado, los buscadores de la web y los respondedores automáticos de correos electrónicos ya la usan hace mucho.

Al principio dudé del nombre ampuloso -prefería inteligencia automática-, pero lo dejo como está; está bien llamada, porque hay una inteligencia natural, la nuestra, y porque la diferencia es tan grande como la que existe entre una rosa natural y una rosa artificial, a la que nunca preferiremos a la primera, aunque tenga el mismo aroma.

¿Qué le falta a la inteligencia artificial que tiene la inteligencia natural hasta este momento? Al menos dos cosas: la automotivación y el sentimiento.

Inteligencia y necesidad

Comencemos por lo primero: usamos nuestra inteligencia porque tenemos una necesidad, no tiene por qué ser material ni económica; hay un “querer saber” puro (necesidad espiritual) y un querer saber “para algo” (necesidad material). La inteligencia artificial puede satisfacer muy bien ambos fines, pero quienes no son “resultadistas” siempre tendrán la alternativa de preguntarse un nuevo “por qué”, hasta poner a prueba la inteligencia de la máquina.

Pongámoslo de otra manera: una persona que se entretiene haciendo crucigramas podrá, con inteligencia artificial, resolverlos en pocos segundos; pero de esa resolución a la persona le quedará la satisfacción poco honrosa de que solo hizo de mediador entre la grilla y la máquina.

En verdad, aprendió cosas nuevas y las disfrutará recién cuando no tenga necesidad del programa de inteligencia artificial para dar la respuesta: la persona aprendió de la máquina como podría haber aprendido de un libro, aunque con menos esfuerzo. Ningún jugador de ajedrez juega desde hace mucho con las computadoras porque irremediablemente perderá porque la máquina ya es invencible, excepto frente a otra máquina.

Estas competencias entre computadoras pueden derivar en un interesante entretenimiento para programadores y para juegos de apuestas, aunque sospecho que en poco tiempo las partidas terminarán en aburridísimos empates

Mi inteligencia es mía

Aquí se plantea un problema interesante: ¿qué hacemos con el conocimiento original y propio? Particularmente, mi posición es la que sostengo desde que aparecieron las fuentes de conocimiento “libre”. Siempre consideré que era material con el que se cargarían de datos máquinas que serían cada vez más “inteligentes”; máquinas a las que luego las usarían sus dueños u otras personas para lucrar. En la web nada es gratis y lo que parece gratis es para monetizarlo de otra manera.

Hay infinidad de actividades aparentemente gratuitas que en realidad se pagan con creces de diversas formas; las más ambiciosas pertenecen al mundo específico de la ciencia y la tecnología, y hablaremos de ellas en otro momento.

Por lo pronto, nunca puse información o conocimiento personal en esas fuentes, nunca corregí sus errores y nunca escribí nada que no llevara mi firma. Mi inteligencia es limitada, es humilde y escasa, pero es mía y está al servicio de mi familia, mis estudiantes, mis discípulos, mis colaboradores y mi país. Ellos harán luego con sus propios conocimientos lo que quieran o lo que puedan.

Inteligencia artificial aquí, ahora y mañana

Volviendo a la actualidad, la experiencia del uso de la inteligencia artificial al alcance del público hasta el momento es pobre: no responde preguntas de nivel medio universitario de disciplinas como química y física (son las que nos interesa a mis colegas y a mí). La inteligencia artificial es astuta: ante su ignorancia pide que se le enseñe; yo no lo hago, por lo que dije más arriba.

Además, como profesor y humano, le enseño a personas que sienten y se emocionan ante la observación detallada de la naturaleza. En la Argentina, hay empresas de servicios que se jactan de que estamos siendo atendidos por un emulador de voz con inteligencia artificial; esas máquinas parlanchinas apenas entienden tres instrucciones y solo responden con eficiencia a dos palabras: saldo y deuda. Por ahora, solo consiguen enojarnos y que pierdan sus empleos personas de carne y hueso.

Naturalmente, hay ámbitos donde la capacidad de la inteligencia artificial está más desarrollada y la posibilidad de que ella interaccione ampliamente con cada uno de nosotros en la vida cotidiana podrá -como con otras situaciones que involucran a los sistemas informáticos – restringir nuestra libertad.

De hecho, ya muchos se han ido acostumbrando a ello y lo están aceptando sin mucha crítica: ¿qué derecho hay para que luego de una conversación con amigos debamos ser bombardeados por publicidad referida al tema? ¿por qué un robot “lee” mis mails y me propone respuestas?, ¿por qué las cámaras de la PC pueden “observarnos” sin nuestra autorización?

Es imperativo un debate ético al respecto; más aún, considero que muchas de estas nuevas tecnologías deberían discutirse éticamente antes de emplearse públicamente.

Inteligencia poética

Por otro lado, una máquina tal vez pueda escribir, como el poeta, estos versos:

                                                   “Creo en el alba oír un atareado
                                                   rumor de multitudes que se alejan:
                                                   son lo que me han querido y olvidado;
                                                   espacio y tiempo y Borges ya me dejan”.

La máquina podrá hacernos vibrar con ellos, pero ella misma no podrá vibrar ni al “leerlos” ni al “escribirlos”. Peor aún: podrá simular que vibra, podrá imitar emocionarse, pero ni vibrará ni se emocionará desde lo más profundo de su alma, sencillamente porque no la tiene; el “alma artificial” no existe ni existirá, pero podrá imitarse.

Y entraremos así en un mundo de falsedades en el que, lamento decirlo, lentamente ya vamos incursionando desde, aproximadamente, finales de la segunda década del siglo XX.

Colofón trascendente

Todo este tema me ha sugerido algo que les presto a mis amigos filósofos como principio de demostración de un problema clave. Muchos piensan desde hace décadas que la Torre de Babel sigue en construcción. Coincido cada vez más con ellos: es una interesante interpretación para discutir en un foro académico o con amigos, buen vino y buenos quesos mediante.

El hombre[1] ha desarrollado desde sus inicios su capacidad de creador, primero tomando como referencia a un Ser superior, puro acto y pura bondad; luego, desde el siglo XIX, intentando reemplazarlo por su propia capacidad de comprender al mundo, de dominar a la naturaleza y hasta de llegar a manipular la vida aún en contra de las leyes naturales.

Nuestra imperfecta inteligencia pudo, a través de los milenios, perfeccionarse hasta ser capaz de crear a su vez, hoy en día, una inteligencia que, entre otras cosas, puede aprender por sí misma. No sabemos si esta nueva inteligencia adquirirá pronto la capacidad de imaginarnos, concebirnos o aceptarnos como sus creadores.

En todo caso, quizás, esa duda o esa imposibilidad provenga de nuestras propias limitaciones. Si todo esto puede crearlo el hombre, con sus miserias y limitaciones, él mismo pudo haber sido creado por una inteligencia aún superior, que no posea nuestras miserias ni nuestras limitaciones.  

Y esa inteligencia superior pudo, además, proporcionarnos la libertad de obrar según nuestra propia conciencia y hacer un mundo cada vez mejor o cada vez peor, según nuestro albedrío. El hombre demuestra con su inteligencia y con su obra que una obra y una Inteligencia superior son posibles. A pesar de los incrédulos, Dios existe.

[1] Primera acepción del Diccionario de la Lengua Española: Ser animado racional, varón o mujer.

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“SI SALVAMOS NUESTRA CIRCUNSTANCIA NOS SALVAMOS”

AMBIENTALES 1200

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“SI SALVAMOS NUESTRA CIRCUNSTANCIA NOS SALVAMOS”

Por Héctor José Fasoli

Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.

Vivir filosóficamente

“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, escribió en 1914 José Ortega y Gasset, el mayor filósofo que dio nuestra lengua en el siglo XX. La filosofía, tan abandonada y pretensiosamente reemplazada por otras disciplinas tiene, sin embargo, dos virtudes irremplazables por cualquier otra ciencia: por un lado, poner al hombre a la altura de su propio tiempo, como síntesis del pasado, para proyectarlo desde el presente hacia el futuro: diríamos hacerle presente el futuro a través del pasado; por otro lado, integrar en una sola y gran Ciencia las parcialidades -las perspectivas- de las ciencias particulares.

Por ejemplo, al principio del siglo anterior ni remotamente se consideraba al ambiente como una realidad preocupante; si lo hubiera sido, no se hubiesen tomado decisiones en favor de tecnologías que hoy estamos tratando de reemplazar (por ejemplo, los motores de combustión interna y el empleo de derivados de petróleo para esos mismos motores, para centrales de energía y para producir productos químicos). Sin embargo, hubo quien ya percibió la importancia de las circunstancias sobre la vida de cada uno de nosotros.

Yo y mi circunstancia

Volvamos, entonces, a Ortega; su discípulo Julián Marías hace algunas precisiones. En la frase del principio se dice dos veces YO; el segundo YO, el que tiene condición de atributo, es algo así como una noción abstracta, tal vez más relacionada con la naturaleza de nuestra humanidad que con UNO mismo. Ese segundo YO no tiene sentido si no va acompañado por MI circunstancia, ese conjunto de eventos y realidades que nunca nos son ajenas y que nos influyen a CADA UNO de manera diferente. Ese segundo YO y la circunstancia son lo que construyen al auténtico YO de cada uno, ese que nos hace únicos, irrepetibles y necesarios.

Pero detengámonos en qué es MI circunstancia. Podríamos decir que es aquello que nos rodea (a cada uno de nosotros, a cada YO) por afuera y por adentro de nuestra piel. Así vista, la piel es solamente una barrera que separa el mundo exterior de Mi mundo físico y psíquico interior: lo que ocurra en ambos son parte de MI circunstancia y cualquier modificación en esa circunstancia modificará a esa totalidad vital que denomino YO.

Demasiada filosofía…

¿Parece demasiado filosófico? ¡De eso se trata! De hacer que ESTO que llamo YO se salve, es decir, viva lo más posible, lo más sano posible y de la manera más feliz posible haciendo todo lo posible para salvar a su circunstancia, es decir haciendo todo el bien posible para salvarse.

Nada más lejos lo que acabamos de decir que el “sálvese quien pueda” de nuestros tiempos postmodernos, sino precisamente al revés: actuando para salvar a mi entorno me salvo también yo.

Imaginemos que cada uno de nosotros (es decir cada YO) estamos en el centro de una cebolla cortada de manera transversal: somos ese centro verdoso e insignificante, rodeado de capas o túnicas que constituyen nuestra circunstancia. Las túnicas más cercanas son nuestra circunstancia más próxima: nuestra familia, la canilla de la cocina, el gato y el perro… Ocurren cosas: acabo de discutir con mi hija, la canilla gotea, el gato acaba de arañar al perro porque quiso comerle su comida. Debemos actuar sobre esa circunstancia inmediata para bien de todos y para bien propio. Las cosas no pueden dejarse como están, es necesario hacer, recomponer, reparar.

Las capas de la cebolla se van alejando

La segunda capa de la cebolla es nuestra cuadra o, tal vez, los vecinos del edificio: este deja la basura desparramada en la vereda, aquellos ponen música fuerte hasta las tres de la madrugada, el perro del vecino corre a mi gato. De nuevo, la circunstancia raramente no me afecte, pero al afectarme a mí también afecta a otros.

Otra capa de esta cebolla imaginaria es el barrio: las calles están sucias, los contenedores repletos de basura y olorosos, los restaurantes y bares invaden las veredas con sus mesas, los delincuentes están al acecho y la policía no hace nada…

Las capas se van alejando físicamente de mí, pero su influencia puede ser cada vez mayor y mi inhabilidad para actuar sobre el entorno se complica: es más fácil recomponer la relación dentro de mi familia que terminar con los robos o conseguir que las autoridades limpien las calles.   

Así hasta los confines más alejados de mi ciudad y de mi país. La comunicación cada vez más rápida nos hace partícipes de lo que ocurre en los lugares más alejados del planeta: un incendio forestal en la provincia de Córdoba nos impacta como uno en Chile y una banda de traficantes de pornografía infantil de algún lugar de Europa pone en peligro real y en tiempo real a los niños de mi casa.

Vivir encebollados

Cada capa de la cebolla influye sobre las interiores y las exteriores a ella y todas influyen sobre mí. Esas capas son el ambiente que, de una u otra manera construimos con diferentes grados de responsabilidad cada uno de nosotros. Pero ¡cuidado! Nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que pensamos, porque las democracias nos permiten elegir y, así como cada voto cuenta (matemáticamente) para que un candidato gane, también cuenta (vale) a la hora de que el gobernante actúe. ¿Estoy diciendo que un voto de un ciudadano en otro país vale para mí? ¡Sí!, eso digo. Y no se trata de ideologías afines, se trata de algo mucho más serio: de que el bien triunfe sobre el mal. Porque en este mundo interconectado y confusamente relativista hay cosas que están bien y cosas que están mal. Más aún: hay muchas maneras de hacer bien las cosas, pero unas maneras son mejores que otras.

En el extremo, vemos que hay dos maneras de hacer el bien: se lo puede hacer bien o mal. Hacer mal el bien puede generar mucho mal, como ocurre, por ejemplo, en la educación con algunas tendencias pedagógicas (hablaremos de esto en otra oportunidad).

Por eso, es imperioso aprovechar las mismas comunicaciones para participar activamente o comunicando nuestras ideas, para lo cual es necesario pensar (no confundir con opinar). Y pensar es un acto de la voluntad y, por lo tanto, individual. “Hay que enseñar a pensar”, dicen algunos sin saber lo que dicen. Pensar es una actividad natural del ser humano; pensar con criterio, analizando hechos, conociendo el pasado, manejando las operaciones aritméticas básicas y un lenguaje preciso es otra historia muy distinta. Estamos rodeados de opinantes, personas sin formación, sistemática o no, que dicen lo que se les ocurre, sin detenerse a pensar dos segundos los que sale de sus bocas.

Volvamos al ejemplo de la cebolla. Si alguien inyecta un veneno en la túnica más externa, este se difundirá envenenando las capas interiores y envenenándome finalmente a mí. Ni qué decir si el veneno ingresa directamente a mí desde las raíces: el daño se irradiará desde mi circunstancia interna hacia el exterior. El veneno puede no ser un producto químico sino una información tendenciosa, un insulto, una agresión verbal a mi religión, a mi nacionalidad, a mi color de piel… Esos son los peores venenos porque son los que llegan directamente al alma.

Circunstancia y medio ambiente

Ahora podemos ver con claridad que aquellos que llamamos AMBIENTE es parte de mi circunstancia y como tal, parte de mi propio YO. Y vemos también que el ambiente, como lo entendemos con bastante superficialidad, no es solo el mal uso de pesticidas, los incendios intencionales o no de bosques, las emisiones de dióxido de carbono o la contaminación por desechar mal las pilas.

Todas esas son circunstancias que se unen a muchas otras, externas e internas a cada uno de nosotros, que nos van construyendo o nos van destruyendo lentamente. Reconocer eso implica estar alertas y que nada nos sea indiferente.

Todo lo que hacemos suma o resta para los demás y suma o resta en nosotros mismos. Es un error pensar que lo que a mí me favorece necesariamente perjudicará a otro (cuando el centro de la vida pasa por la economía, esto suele suceder).

Como dijimos en otra nota, nosotros somos el ambiente. Y ese ambiente por el que nos preocupamos, que intentamos cuidar con leyes y protocolos internacionales puede destruirse irreversiblemente en cuestión de segundos, por ejemplo, por una guerra.

Colofón circunstancial

Bastante antes que Ortega y Gasset, dicen que Napoleón dijo que “las leyes de las circunstancias son abolidas por nuevas circunstancias” y se preguntaba: “¿qué son las circunstancias? Yo creo las circunstancias”. Ambas frases son parcialmente ciertas y confirman lo que venimos diciendo: nuestras circunstancias son cambiantes, pero también podemos modificarlas. La vida es eso: construirnos desde nosotros mismos desde cada circunstancia personal.

La historia muestra que lo que a mí me beneficia de manera auténtica es lo que beneficia a otros. Para discernir claramente esto debemos pensar, usar nuestra inteligencia.

Solo la inteligencia de cada uno de nosotros (no la inteligencia humana, en forma genérica, ni la de unos pocos elegidos) salvará al ambiente, es decir, a nuestra circunstancia. Y nos salvará a nosotros mismos.

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