
EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2)
Noticias Ambientales EL LADO B DEL CONSUMO RESPONSABLE (PARTE 2): La responsabilidad social de las empresas Por Héctor José Fasoli Doctor en Química, docente e
Doctor en Química, docente e investigador,
especializado en temas ambientales.
Premio Konex de Platino en Ciencia y Tecnología.
En un contexto donde una gran mayoría de los consumidores priorizamos prácticas sostenibles, las empresas y los gobiernos no deben ser meros observadores del consumo responsable: son, a no dudarlo, sus principales impulsores. Mientras los individuos toman decisiones cotidianas para mitigar el impacto social y el impacto ambiental, son las corporaciones las que diseñan productos y cadenas de valor y los gobiernos los que establecen marcos regulatorios.
Sin embargo, cuando estos actores fallan en asumir su función, el consumo responsable se convierte en una ilusión. Este artículo examina el “lado B” del consumo responsable, centrándose en cómo las empresas deben liderar la transición hacia la sostenibilidad, complementadas por políticas gubernamentales efectivas.
Se aborda de manera crítica, pero constructiva y positiva, los desafíos del sobreconsumo y la necesidad de redefinir la responsabilidad social empresarial (RSE) como un imperativo ético inherente, no como un accesorio opcional (la segunda parte nos concentraremos principalmente es este aspecto). Al reconocer las fallas históricas, se puede avanzar hacia modelos más equitativos que beneficien a la sociedad en su conjunto.
La cadena de suministro representa el eje central de las operaciones empresariales, pero también una fuente significativa de degradación ambiental y también social (por cuestiones económicas y también culturales).
Las empresas deben optar por materiales reciclados, minimizar emisiones en el transporte y priorizar proveedores locales para reducir su huella ecológica. Estas decisiones no solo benefician al planeta, sino que responden a la demanda de consumidores que valoran la ética y la transparencia.
No obstante, prácticas no éticas persistentes, como la explotación de recursos naturales en regiones vulnerables, el uso de mano de obra precaria en proveedores remotos, el uso excesivo de materias primas no renovables y el transporte de larga distancia que genera emisiones innecesarias, perpetúan daños ambientales y sociales graves, contribuyendo al aumento de la pobreza y a la crisis climática.
Los gobiernos, por su parte, pueden intervenir mediante regulaciones estrictas, como incentivos fiscales para cadenas de los llamados suministros circulares o sanciones por incumplimientos ambientales, asegurando que la transición no dependa solo de la voluntad corporativa y fomentando un progreso colectivo positivo.
Hasta hace no muchos años se hablaba de las 3R para el problema de la generación de residuos: reducir (la generación), reutilizar (los elementos que puedan ser útiles), reciclar (los materiales que puedan recuperarse para volver a ser empleados).
Con una mirada más amplia, podemos hablar ahora de las 5R para una producción y consumo responsables:
Las consecuencias de estas políticas tienen diversos alcances:
Sin embargo, debemos distinguir los eslóganes de la realidad. En la naturaleza nada es perfectamente circular y, por lo tanto, nada es absolutamente aprovechable de forma completa ni para siempre. Hay una degradación constante que hace que lo circular en realidad sea una espiral y que, considerando el tiempo como variable, esa espiral sea una hélice.
El tema ya ha sido tratado por expertos y por eso se habla de economía en espiral. Tomar conciencia de que nada es circular, de que nada puede aprovecharse hasta el infinito y que no solo nuestra vida, sino que la duración de la vida sobre el planeta depende de nosotros, es la fuerza que debe impulsar el mejoramiento de nuestras acciones presentes, revisando las pasadas y proyectándolas para mejorar el futuro.
En definitiva, se trata de pasar de una economía en espiral descendente a una economía en espiral ascendente o, al menos, plana.
El sobreconsumo, alimentado por estrategias de marketing agresivas y producción masiva, constituye un obstáculo fundamental para la sostenibilidad. La generación masiva de productos desechables y la producción excesiva generan enormes cantidades de desechos que terminan en vertederos poco después de su adquisición, implementando una práctica éticamente muy cuestionable y exacerbando la crisis climática.
Las empresas deben transitar de modelos lineales a modelos espiralados, promoviendo productos duraderos. Muchos bienes podrían muy bien ser manejados a través de servicios de alquiler, en vez de ser objetos de propiedad (los automóviles, por ejemplo). La estandarización de productos de uso intercambiable (pines de conexión de celulares unificados a puertos USB-C) avanzó mucho y constituye un progreso en el uso circular de dispositivos, sin embargo, queda mucho por hacer al respecto.
Críticamente, muchas compañías fomentan el consumismo a través de la obsolescencia programada, diseñando bienes que fallan prematuramente para impulsar ventas repetidas, priorizando ganancias inmediatas sobre el bien común y contribuyendo a la acumulación de residuos, muchos de ellos tóxicos.
Otras prácticas no éticas incluyen el fomento de compras impulsivas mediante publicidad engañosa que ignora los impactos sociales y ambientales. Sin embargo, al adoptar enfoques espiralados (es decir, lo más circulares posibles), las empresas pueden generar valor a largo plazo.
Los gobiernos tienen la obligación de contrarrestar esto mediante políticas como impuestos al desperdicio o campañas educativas nacionales, fomentando un entorno donde el “vender más” ceda paso al “vender mejor” y promoviendo beneficios mutuos para la sociedad.
La transparencia es un pilar indispensable para erosionar el sobreconsumo y fortalecer la responsabilidad de las empresas. Los consumidores demandan información veraz sobre el origen de los productos y su impacto ambiental, mediante etiquetas claras o herramientas digitales que detallen el proceso productivo y procesos de fabricación.
Sin embargo, prácticas no éticas como dar una falsa imagen de responsabilidad social o ambiental (“lavado ecológico” o greenwashing), basadas en promesas ambientales infundadas o exageradas sin evidencia verificable o independiente, socavan la credibilidad, como en casos donde las empresas exageran promesas para aparentar sostenibilidad mientras mantienen operaciones contaminantes.
Esta manipulación informativa no solo decepciona a los consumidores, erosionando la confianza pública, sino que permite la continuación de impactos negativos, como emisiones ocultas o cadenas de suministro opacas, retrasando avances reales en sostenibilidad. Los gobiernos deben regular esta área con estándares obligatorios de verificación, como auditorías independientes, para garantizar que la transparencia sea un requisito legal y no una herramienta de engaño o marketing, construyendo así una base sólida para relaciones positivas entre empresas y sociedad.
La innovación -la aplicación de la teoría y práctica de la creatividad para producir cambios significativos- representa una oportunidad para alinear la rentabilidad con la sostenibilidad.
Diseñar productos modulares y reparables o implementar modelos de recompra y reutilización, reduce el desperdicio y promueve ciclos de vida extendidos. Muchas empresas invierten en innovación superficial en lugar de transformadora, manteniendo modelos obsoletos por temor a pérdidas económicas, lo que perpetúa prácticas no éticas como la generación intencional de residuos electrónicos o textiles y la dependencia de materiales no renovables.
Estas acciones ignoran el impacto a largo plazo en el ambiente y las comunidades afectadas, agravando la escasez de recursos. Al priorizar innovaciones genuinas, las empresas pueden generar valor duradero. Los gobiernos pueden catalizar esto mediante subsidios a la investigación en tecnologías sostenibles y marcos legales que favorezcan la economía espiralada, asegurando que la innovación beneficie a la sociedad en su conjunto, reduzca la pobreza y abra caminos hacia un futuro más próspero.

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