Chile ha sido pionero en la región con su “Política Nacional de Inteligencia Artificial” y tiene puntos muy valiosos que podemos adaptar.
Tomando como base el modelo de Chile, que prioriza la ética y la transparencia, propongo que nuestras reglas de IA aseguren que la tecnología no sea un fin en sí mismo, sino un medio para fortalecer la Solidaridad.
Para que nuestras recomendaciones tengan ese enfoque de Economía Social y Solidaria, vamos a mirar lo que hicieron ellos y cómo lo podemos transformar en reglas claras.
Propuesta de recomendaciones basadas en el modelo chileno, pero con nuestro toque especial:
Recomendaciones para las Reglas de la IA
(Inspiradas en la experiencia de Chile)
Chile hace mucho hincapié en que la IA no sea una “caja negra”.
Recomendación: Cualquier sistema de IA usado en proyectos de Economía Social y Solidaria debe explicar cómo toma las decisiones. Si un algoritmo ayuda a repartir recursos, los socios deben entender por qué se hizo así.
Ellos crearon un Consejo Asesor de Ética.
Recomendación: La IA debe ser una herramienta para potenciar el trabajo humano, no para reemplazarlo. En nuestras organizaciones, la tecnología debe estar al servicio del bienestar colectivo, protegiendo siempre la dignidad del trabajador.
Chile trabaja mucho en evitar la discriminación de los algoritmos.
Recomendación: Debemos auditar que la IA no replique prejuicios (de género, raza o nivel socioeconómico). En una Economía Social y Solidaria, la tecnología debe ser inclusiva y equitativa por definición.
Impulsar que los datos sean usados para el desarrollo local y nacional.
Recomendación: Los datos generados por las cooperativas y redes solidarias deben pertenecer a la comunidad, no a las grandes empresas tecnológicas transnacionales. Proponemos “fideicomisos de datos” comunitarios.
En lugar de que cada persona entregue sus datos a una empresa privada, los entrega a un fideicomiso. Este fideicomiso actúa como un administrador o guardián (pueden ser representantes de la misma comunidad, mutual o cooperativa).
El administrador tiene la obligación legal de cuidar esos datos y decidir quién puede usarlos y para qué. Sus reglas serían:
No se venden: Los datos no se usan para negocios turbios.
Uso para el bien común: Solo se comparten, por ejemplo, con investigadores que quieran mejorar la salud de la gente o con la cooperativa o mutual para organizar mejor la producción.
Decisión colectiva: La comunidad decide las reglas, no una máquina.
En la Economía Social y Solidaria, el fideicomiso de datos permite que las organizaciones pequeñas se unan. Al juntar sus datos en un solo lugar seguro, pueden competir con las grandes empresas sin perder su privacidad y manteniendo el control de su propia información.
En resumen: Es como una “biblioteca comunitaria” de información. Todos aportan sus libros (datos), pero hay un bibliotecario que asegura que nadie se los robe y que solo se presten a quienes los van a usar para estudiar y ayudar a la gente.
Es una herramienta de soberanía tecnológica increíble.
No lo inventamos nosotros ahora, pero lo estamos adaptando a nuestra realidad.
La idea de los “Data Trusts” (Fideicomisos de Datos) nació hace unos años en países como el Reino Unido y Canadá. Se pensó como una solución legal para que la gente no pierda el control de su privacidad frente a gigantes como Google o Amazon.
Lo que hizo Chile en su estrategia de IA, empezó a hablar de “Gobernanza de Datos”. Ellos no inventaron el fideicomiso como tal, pero fueron los primeros en la región en decir: “el Estado y las organizaciones deben tener reglas claras para que los datos sirvan al desarrollo del país y no solo a las empresas”.
Nosotros estamos tomando esa herramienta técnica y la estamos “vistiendo” con el traje de la Economía Social y Solidaria. Estamos diciendo que el fideicomiso no es solo para “proteger” datos, sino para que sean un bien común, como el agua o la tierra de una cooperativa o de una mutual.
¿Por qué es importante para el debate de reglas de la iA?
Porque le da mucha fuerza al argumento. Podemos decir:
“No estamos inventando la pólvora; estamos tomando modelos que ya funcionan en el mundo y que países como Chile ya están impulsando, para aplicarlos a nuestros valores de ayuda mutua”. Conocemos lo que pasa en el mundo, pero tenemos los pies en la comunidad.
El mérito es compartido:
De los expertos y países como Chile, por crear estas herramientas legales y éticas.
Nuestro, por tener la visión de aplicarlo a la Economía Social y Solidaria y querer llevarlo al debate.
Traemos también un ejemplo real y muy inspirador que ocurrió en Barcelona, España, y que tiene mucho que ver con lo que venimos hablando.
El ejemplo: “DECODE” en Barcelona
Allá decidieron que los ciudadanos debían ser los dueños de sus datos, no las empresas. El Ayuntamiento (el gobierno local) impulsó un sistema donde la gente, a través de una plataforma, decide qué datos comparte y para qué.
¿Cómo funciona? Por ejemplo, si los vecinos usan sensores para medir el ruido o la contaminación en sus calles, esos datos no van a una empresa privada. Van a un “común de datos” (que funciona como el fideicomiso que hablamos).
¿Para qué sirve? La comunidad usa esa información para exigirle al gobierno que ponga más árboles o que cambie el tráfico. Los datos sirven para mejorar la vida del barrio, no para vender publicidad.
Este ejemplo es perfecto porque demuestra que:
-La tecnología no es neutra: Se puede usar para controlar o para liberar.
-Soberanía Digital: Es la base para que las cooperativas de trabajadores puedan competir. Si una cooperativa de repartidores tuviera su propio fideicomiso de datos, ellos sabrían cuáles son las mejores rutas y horarios, ¡sin depender de lo que les diga una App extranjera!
O sea: “Ya hay ciudades como Barcelona que protegen los datos como un bien común; nosotros en la Economía Social y Solidaria debemos hacer lo mismo para que nuestra información sea la semilla de nuestro propio crecimiento”.